Si usted vive en Pontevedra y cree que cada vez llueve menos, tiene razón.
Si vive en Asturias y tiene la sensación de que cada vez llueve más, también tiene razón.
Y si es vecino del centro de Madrid y cree que todo sigue igual, su percepción es correcta.
El Observatorio de la Sostenibilidad acaba de presentar el informe Evolución de las Precipitaciones en España conon datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) de los últimos 53 años (entre 1965 y 2018).
¿La gran conclusión? En el conjunto del país, a nivel agregado, no han habido grandes cambios, pero un análisis por provincias y ciudades revela enormes contrastes que, en muchos casos, son indicadores de una tendencia preocupante.

Los autores del informe han utilizado los datos de precipitación para construir gráficos de tendencias.
Al trazar una línea que recoge la media de estas últimas décadas, ésta puede ser ascendente (indica una tendencia a mayores precipitaciones) o descendente (a menores).
Con ese dato han construido la “pendiente” o tasa de variación: si siempre lloviese lo mismo, sería cero; pero en todos los casos resulta positiva o negativa.

Hacia la sequía en Galicia

Por comunidades, los datos corresponden al periodo entre 1981 y 2018 y entre ellos destaca la fuerte disminución de las precipitaciones en Galicia (con una pendiente o tasa de variación de -1,54) y en Canarias (-0,76).
En el extremo opuesto está el incremento de precipitaciones que en este periodo han recogido el conjunto de las estaciones meteorológicas de Asturias (5,03), Navarra (3,74) y Cantabria (3,34).

Las cuatro provincias gallegas, encabezadas por Pontevedra, se sitúan entre las seis que más han visto reducirse las precipitaciones en los últimos 38 años.
En esos primeros puestos se cuelan León y Las Palmas.
Por el contrario, las provincias de la vertiente cantábrica experimentan una tendencia contraria: cada vez llueve más.
Después de Asturias, Guipúzcoa, Navarra y Cantabria son las que han experimentado un mayor incremento.

La línea es similar en el caso de las ciudades y es aún más completa por la existencia de estaciones muy antiguas.
Algunas estaciones meteorológicas llevan tanto tiempo en funcionamiento que permiten realizar series temporales mucho más largas, remontándose más de un siglo en algunos casos.
Por eso en Santa Cruz de Tenerife hay datos desde hace 143 años; en el parque del Retiro, en Madrid, desde hace 126; y en Zamora, 106.

Para extraer esa información de localidades concretas el informe toma como referencia las capitales de provincia (salvo en tres casos en los que estaciones cercanas tenían una serie histórica más prolongada: se incluye Vigo en lugar de Pontevedra; Avilés en vez de Oviedo; y Talavera la Real por Badajoz).

En cuanto a los datos, llama la atención el caso de Vigo, que con registros de los últimos 68 años acumula una pendiente de -6,50, liderando de forma destacada las ciudades con tendencia negativa.
Pero es que cuanto más nos aproximamos al presente, menos llueve: si sólo tomamos las cifras desde 1981, la pendiente negativa viguesa llega al -12,68.
Las siguientes quedan lejos: Girona y el aeropuerto de Barcelona tienen una tasa de variación de -5,95 y -5,83, respectivamente.

A finales de año llueve mucho menos

A veces, los datos parecen contradictorios.
Siendo Asturias la provincia y la comunidad en la que más se incrementan las precipitaciones en los últimos 38 años, en el caso concreto de Avilés se registra un pequeño descenso, lo que da idea de la variabilidad que puede registrar un punto en concreto con respecto a su entorno.

Por otra parte, las capitales de provincia en las que más se han incrementado las precipitaciones son Jaén y Palencia.
En el punto de equilibrio encontramos Madrid, donde las precipitaciones apenas han variado desde que hay registros.
“Al incluir todos los datos de España desde 1965, la tendencia es estable, pero hay variaciones muy fuertes entre unas zonas y otras.
Mientras que las temperaturas se incrementan en todas partes, las precipitaciones son muy variables”, resume Fernando Prieto, miembro del Observatorio de la Sostenibilidad.

Aparte de las variaciones geográficas, el informe revela cambios mucho más significativos desde el punto de vista científico y de las consecuencias que se pueden extraer para el manejo de la gestión del agua.
Si en lugar de utilizar la localización geográfica para elaborar gráficos lo hacemos con los meses del año y los datos de toda España desde 1965, se observan cambios importantes en la época del año en la que se producen las precipitaciones, una tendencia que se polariza en dos meses: diciembre y marzo.

En diciembre, la tasa de variación es muy negativa: -8,63.
Esto significa que a finales de año llueve muchísimo menos que antes. En cambio, en marzo la tasa de variación es de 12,59, lo que significa que cada vez se producen más precipitaciones al inicio de la primavera.
De hecho, el notable incremento de Asturias se explica principalmente por los datos de sólo tres meses: enero, febrero y sobre todo, marzo.

Problemas de la polarización

“Que haya muchas menos precipitaciones en diciembre significa que cada vez se acumula menos nieve al inicio del invierno.
Esto es importante porque esas reservas suponen un aporte de agua muy importante para casi todo el año”, advierte Mario Mingarro.

Esta polarización de las precipitaciones y de su ausencia puede traer problemas.
“Últimamente, vemos pantanos vacíos y esto se debe a que en los meses más secos llueve menos”, señala el experto en referencia a que agosto es el segundo mes en el que más caen las precipitaciones.
Aunque en los húmedos llueve aún más, no es suficiente para compensarlo.
“La situación nos lleva a pérdidas de cultivos e inundaciones”, señala el experto.

Incluso si se considera que con la suma general de datos la tendencia observada es al mantenimiento de las precipitaciones totales, la subida de las temperaturas –tal y como recogió el propio Observatorio de la Sostenibilidad en otro reciente informe– hace que el agua disponible sea menor por efecto de la evaporación y el mayor consumo.
Vamos a tener que adaptar la agricultura, el turismo y todas las facetas económicas”, opina Fernando Prieto.

La incertidumbre de 2050

Además, en el caso de la temperatura, los modelos coinciden en que seguirán al alza en el futuro.
No ocurre lo mismo con las precipitaciones: es muy difícil prever lo que sucederá.
Los autores del informe incluyen como información complementaria un mapa con las precipitaciones previstas para 2050 según el peor escenario posible de los previstos hasta ahora por el IPCC, el RCP 8.5, que presupone que las emisiones seguirán aumentando.

Lo más significativo de esa proyección es la espectacular caída de las precipitaciones en todo el noroeste peninsular, especialmente en Galicia.
Este dato coincide con la tendencia de estas últimas décadas ya observada en el informe, aunque en el caso de Asturias es contradictoria, ya que también sufriría una disminución de lluvias muy notable.

“Hemos incluido esta proyección a modo de ejemplo, pero España es muy complicada para realizar predicciones, es como un continente en pequeño porque tienen una gran diversidad climatológica”, comenta Mario Mingarro.
De hecho, “todos los científicos estamos de acuerdo en que resulta indispensable una mayor investigación en el estudio de las dinámicas del clima y de las precipitaciones, porque no sabemos qué puede suceder en el futuro”.

En cualquier caso, lo que sí está claro es que “necesitamos una buena gestión del agua, porque es un recurso limitado y vivimos en una zona de un clima mediterráneo que atraviesa épocas de alto déficit hídrico”.
La información del pasado reciente “nos puede ayudar a entender lo que va a pasar, pero es necesario invertir más en el conocimiento de las precipitaciones porque el agua es la base de la vida”.