La semana pasada, la sociedad se estremecía al conocer la noticia de que Noa Pothoven, una joven holandesa de tan solo 17 años, había fallecido por decisión propia, lo que avivó el controvertido debate de la eutanasia.
Pero detrás de esta muerte hay mucho más: el sufrimiento desesperado de una adolescente que quiso dejar de vivir porque desde los once años había sido víctima de reiterados abusos sexuales.

Su caso es uno más en la lista de este tipo de aberraciones.
Los abusos sexuales a menores son una lacra social de la que muchos apartan la mirada.
De hecho, los últimos estudios fiables sobre este asunto datan de 1995, cuando la Comisión Europea concluyó que una de cada 4 niñas y uno de cada 7 niños sufre este tipo de maltrato antes de cumplir los 17 años.

Más datos, el 90% de los casos se producen dentro del ámbito familiar. Esta es una de las razones por las que cuando se descubre el abuso no se denuncia.
Se silencia.
Se oculta para que el suceso quede sellado como «secreto de familia» por la gran vergüenza social que genera y la ruptura de relaciones intrafamiliares, lo que va en detrimento de la salud y correcto desarrollo del menor al no recibir la atención que requiere ser víctima de una circunstancia tan brutal.

«Los niños piensan que lo que les hacen es lo “normal” porque no tienen ninguna referencia de lo contrario»

Según explica Pilar Polo, psicóloga y relaciones institucionales de laFundación Vicki Bernadet, los abusos en la familia no son descubiertos en muchos casos porque quien los comete es una persona que tiene la plena confianza de los padres –cuando no son ellos quienes lo comenten– y no dudan que sus hijos están en buenas manos.
«Al principio, y cuando los abusos no son violentos –que los son en el 10% de los casos–, el abusador es muy cariñoso y amable.
Se afana en hacer que el menor se sienta como alguien muy querido y especial.
Los niños piensan que lo que les hacen es lo “normal” porque no tienen ninguna referencia de lo contrario.
Cuando son los padres quienes lo cometen lo asumen como cualquier otro tipo de orden, aunque no les guste.
Con el tiempo es habitual que sientan que lo que hacen repetidamente con el adulto es algo raro, les da asco, les duele...
Pero como son episodios repetidos en el tiempo se sienten atrapados y no saben dónde ir.
Aparece el miedo y el sentimiento de culpabilidad».

Miedo ante las amenazas

A ello se suman las amenazas del adulto.
El discurso es sencillo para tener al niño amordazado: «Este es nuestro secreto, no se lo puedes contar a nadie porque si no tu madre se pondrá muy malita, le entrará depresión y se morirá.
Si lo cuentas, yo acabaré en la cárcel, ¿y tú no quieres que vaya a la cárcel, verdad?».
Las artimañas de estos depredadores sexuales no tienen límites.

Pilar Polo insiste en que hay que trabajar desde la prevención.
«Es necesario ser transparentes, concienciar del tema en las escuelas, que las familias hablen con los niños de su cuerpo, de sexualidad, de lo que está bien y está mal, decirles que pueden pedir ayuda...
Hace años las niñas no sabían ni que tenían vulva, ¿cómo se les iba a enseñar que es algo íntimo y privado?».

Margarita García Márquez, fundadora deAspaSi y psicóloga especializada en abuso a menores, se manifiesta en la misma línea al asegurar que se puede prevenir si se imparten talleres a los niños en los que aprendan jugando a conocer su cuerpo, que debe ser respetado y enseñando a profesores, psicólogos, pedagogos sobre este asunto.
De hecho ya hay algunas iniciativas al respecto, como la llevada a cabo el pasado mes de marzo porEscuelas Católicas al proponer en sus centros un decálogo para afrontar posibles casos de abuso sexual.

«Si los pequeños no saben qué es 'lo normal' en su relación con los demás, les costará contar un comportamiento inadecuado»

Las familias que no sepan por dónde empezar pueden pedir asesoramiento psicológico o acudir a cuentos como«Tu cuerpo es un tesoro», (editorial Sentir), dirigido a niños a partir de 4 años, para que entiendan de forma natural a diferenciar lo que está o no permitido.

La fundadora de AspaSi señala que si los pequeños no saben qué es «lo normal» en su relación con los demás les costará contarlo.
«Incluso, cuando lo confiesan, es habitual que disculpen al adulto porque le quieren, aunque a veces le odien, y dicen frases como “a lo mejor no lo sabía”, “quizá se confundió”...
«Lo verdaderamente grave es que su “secreto” quede guardado en su mente porque esa espina clavada, se infecta y después supura.
Cuando son pequeños no se dan tanta cuenta, pero según crecen van descubriendo que ellos no fueron queridos por esa persona, sino utilizados.
Sienten traición, asco, culpabilidad...
Las secuelas son muchas y limitarán sus relaciones sociales, personales, de pareja e, incluso, laborales, porque tienen miedo a tener éxito, a ser admirados, porque cuando lo fueron de pequeños por su abusador, después fueron dañados.
Y no quieren que les ocurra lo mismo», apunta García Márquez.

Ante un caso de abuso sexual se debe acudir a un centro médico de manera inmediata para valorar el tipo de agresión y tener pruebas físicas.
«Posteriormente, –explica José Carlos Avedaño, abogado deLe Morne Brabant–, hay que interponer una denuncia en comisaría o en el Juzgado de Guardia.
También es recomendable acudir a la fiscalía, aunque si hay signos de abuso será el propio médico el que se encargará de notificarlo a las autoridades».

Teléfonos de interés:

Guardia Civil: 062

Teléfono ANAR (900 20 20 10)

Policía Nacional: 091

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Fuente: ABC.es >> lea el artículo original