El 1 de mayo de 1986, Día del Trabajador en la URSS, estaba prevista la inauguración del parque de atracciones de Prípiat.
Sin embargo, para desolación de los escolares de la época, aquel día nunca llegó.
Svetlana 'Svieta' Volochay era una niña de 12 años en la aldea de Orane, una de las que se quedaron al borde de esa zona de exclusión de 30 kilómetros a la redonda que el ejército estableció tras la catástrofe del 26 de abril en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin de la cercana Chernóbil.

Prípiat y Chernóbil pasaron de tener 49.000 y 14.000 habitantes respectivamente a ser dos ciudades fantasma.
Mientras tanto, la vida trascurría en la aldea de Svieta, que pasó su adolescencia viendo camiones llenos de 'liquidadores' —el personal reclutado para limpiar aquel desaguisado— atravesando aquellas alambradas malditas.
Años después, esta ucraniana se convirtió en maestra de primaria y nunca abandonó la zona donde se crio.
Aún hoy le resulta complicado explicar a sus alumnos qué pasó entonces y qué consecuencias ha tenido el accidente nuclear para la salud física y psicológica de sus familiares, amigos y vecinos.

Este fin de semana, Volochay ha pasado por Madrid para participar en el Foro Social Mundial Antinuclear.
En realidad, lleva visitando España desde los años noventa, cuando una asociación vasca llamada Chernobil Elkartea comenzó a organizar programas de acogida e intercambios con jóvenes de la zona.

Aunque reniega, con modestia, de su dominio del español, sí que le da de sobra para mantener esta conversación con El Confidencial a la sombra de uno de los árboles que separan Madrid Río de las instalaciones del Matadero.
'¿Cómo podéis vivir con este calor?', inquiere en primer lugar una mujer que ha crecido frente al mayor desastre nuclear de la historia.

PREGUNTA.
Tengo entendido que, cuando sucedió el desastre, el Gobierno quizá no era consciente de la gravedad o quizá trató de minimizar la situación para no alarmar.
¿Cómo recuerda usted aquel día?

RESPUESTA.
Yo estaba en sexto curso.
Nosotros, una semana después del accidente, aún no sabíamos nada, solo veíamos coches pasar a Chernóbil y gente evacuada, pero hasta mitad de mayo no nos dijeron nada ni se hizo nada.
Después hubo una reunión en la escuela.
Nos explicaron que fuéramos menos por la calle, que cerráramos los pozos, que cerráramos las ventanas, que no jugáramos con arena y que nos preparáramos para coger las cosas más importantes, porque pensaban en evacuar nuestra aldea.
Pero no decían que era algo grave, sino que saldríamos durante un tiempo y luego volveríamos.

A finales de mayo, todos los niños, desde los recién nacidos hasta los de 18 años, fuimos recogidos junto con nuestras madres y enviados a un sanatorio para que nos hicieran una revisión médica para ver cómo estábamos de salud y cuánta radiación teníamos.
No recuerdo mi caso, pero por ejemplo mi hermana, que tenía cuatro años, tenía muchísima.

P.
Ahí se empezaron a dar cuenta de que pasaba algo.

R.
Nos dimos cuenta de que era algo grave porque los médicos nos prestaban mucha atención.
Para ellos también era algo nuevo.
Me dieron una medicina con yodo que poníamos en un vaso de agua y me recomendaron no recoger ni comer plantas de los alrededores.
También que no tomara leche de vaca, que mejor la compráramos.

Madre siempre decía 'come de la tienda' porque, aunque estábamos acostumbrados a la comida casera, entonces era peligrosa

En aquellos años, en la tienda del pueblo teníamos pocas cosas, era la época soviética y había pocas cosas.
Pero después del accidente la tienda tenía muchísimas cosas, tanto productos como alimentos.
Madre siempre decía 'come de la tienda' porque, aunque estábamos acostumbrados a la comida casera, entonces era peligrosa.

P.
Pero usted pudo seguir viviendo en Orane, ¿verdad?

R.
Sí, estábamos cinco kilómetros fuera de la zona de exclusión.
De todas formas, mi aldea estaba muy contaminada y lo sigue estando, según muestran los mapas de la región.
Algunos dicen que es por los militares, que no controlaron bien la situación.
Los coches venían desde Chernóbil hasta el centro de nuestra aldea a recoger y llevar el correo para los militares.
Coches 'sucios' venían con la radiación en las ruedas y dicen que puede ser por esta causa.

P.
Ha dicho antes que su hermana pequeña tenía niveles altos de radiación, ¿se vio afectada por algún tipo de enfermedad ella o alguien más en su familia?

R.
Sí, mi familia ha estado muy afectada por el cáncer.
Primero fue mi primo, porque fue liquidador, después mi tío, después mi hermano y ahora mi hermana y yo estamos con problemas de tiroides.

Es un problema muy grave para miles de personas, y creo que tengo esa responsabilidad de venir a sitios como este a explicar el problema.
Y el problema viene por dónde vivimos, cómo contraemos lo que tenemos y porque es algo que no podemos cambiar: acumulamos radiación durante 33 años y seguimos haciendo cosas, valoramos cada día que vivimos.

P.
¿Cómo se transmite a los niños todo esto que pasó?

R.
Cuando tenía 12 años yo no vi la radiación, pero vi pasar a los militares, a los médicos, camiones con alimentos...
Luego todo se olvidó y hoy todos aquellos que eran niños son ahora padres y no quieren enseñarles lo que pasó.
Yo les digo en la escuela que tomar leche es peligroso, pero ellos me dicen que en sus casas les dicen lo contrario: '¿Para qué decirles que no podemos darles leche 'limpia', para qué comerles la cabeza si no podemos cambiar nada?'.
En escuela les decimos unas cosas y en casa que vivimos como vivimos y solo queremos vivir bien.
Seguimos teniendo muchos niños enfermos, con cáncer, pero claro, como no controlamos y no hay revisiones...

P.
Cuando coinciden con gente de otras partes de Ucrania y dicen que son de Chernóbil, ¿sigue habiendo ese estigma todavía, les miran raro?

R.
Es verdad que antes, como los primeros liquidadores tenían mucha radiación...
había una especie de leyenda de que nosotros podíamos afectar a otras personas.
Pero ahora no, aunque en otras regiones de Ucrania entienden que vivimos en una zona peligrosa.
Si alguien tiene la suerte de tener parientes en otro sitio, te invitan a pasar un tiempo allí, a comer alimentos 'limpios', para...

P.
...desintoxicarse un poco.

R.
Sí.

P.
Por cierto, ¿cómo aprendió a hablar tan bien español?

R.
Pero ¿perdona? ¡Si no he aprendido nada! He sido monitora 10 años de la asociación Chernobil Elkartea y siempre tuve problemas con los traductores, porque yo lo quería saber todo y ellos no querían traducirme.
Cuando vine la primera vez no hablaba ni una palabra, pero como no querían traducirme y yo soy muy pesada, lo hice por necesidad.
¡Y cuando estoy enfadada hablo español mucho mejor!