Las islas Svalbard, un archipiélago noruego situado en el Océano Glaciar Ártico, se están convirtiendo en el último refugio de la civilización.
El proyecto más conocido es la Bóveda Global de Semillas, una construcción subterránea que pretende salvaguardar la biodiversidad de los cultivos del mundo.
Sin embargo, muy cerca de allí se ubica una iniciativa no menos ambiciosa: el Archivo Mundial del Ártico.

La idea es muy parecida.
Si necesitamos preservar nuestros alimentos ante posibles catástrofes (desastres nucleares, erupciones volcánicas, terremotos, riesgos relacionados con el cambio climático, etc.), también necesitamos proteger nuestros conocimientos, que tienen aún más riesgos por ataques o colapsos informáticos.
La empresa noruega Piql se ha encargado de desarrollar el proyecto aprovechando una antigua mina de carbón y desarrollando una tecnología, en teoría, más segura que la digital: almacenan los datos en películas fotosensibles y prometen una duración mínima de 500 años.

El servicio está disponible para instituciones, empresas y particulares.
Las primeras entidades españolas en confirmar su participación son la Fundación Felipe González y la Diputación de Barcelona, que depositarán allí algunos de sus documentos el próximo 21 de febrero junto con el CERN, la Agencia Espacial Europea (ESA), el Museo Nacional de Noruega y algunas compañías privadas.

Fundación Felipe González

La Fundación Felipe González, que tiene dos misiones principales.
Por una parte, pretende ser un think tank o laboratorio de ideas en torno al progreso global, desde la socialdemocracia y la igualdad.
Por otra, apuesta por la “memoria cívica”, poniendo a disposición de la ciudadanía el archivo del expresidente.

Esta segunda línea de trabajo encaja perfectamente con la filosofía de la empresa noruega.
“Nos contactaron y nos pareció interesante porque ayuda a preservar la memoria.
Nuestro archivo es parte de la historia colectiva”, señala Rocío Martínez-Sempere, directora de la Fundación.

A través de la web de esta entidad ya se puede acceder a manuscritos, documentos personales y políticos e incluso a un fondo fotográfico.
“Es una iniciativa inédita en España e innovadora que beneficia a todos los ciudadanos”, asegura.

Por el momento, en el Ártico se van a depositar tan sólo algunos archivos seleccionados y se hará de forma simbólica.
“El mensaje es lo importante y esta idea encaja con nuestra misión, sobre todo por su carácter mundial y colectivo”, destaca.

En este caso, la forma de preservar el legado llama la atención sobre su propia importancia y la necesidad de que perdure en el tiempo: “Para conservarlo en el Ártico necesitamos a Piql, evidentemente, no podemos hacerlo con nuestra propia tecnología”.

De hecho, “digitalizar es fácil, lo que aporta valor es el tratamiento documental, cómo se catalogan y se describen los documentos”, comenta Alba Toajas, coordinadora del equipo que trabaja con el archivo de la Fundación, “y el debate está en qué procedimiento de conservación es más seguro, más cómodo o tiene menos costes; los archiveros están trabajando mucho sobre este problema”.

Información digital en peligro

La evolución de los soportes es tan rápida que, salvo las generaciones más jóvenes, cualquiera podría ver el problema en su propia casa: ¿cómo leer un disquete en el que guardábamos información hace apenas 20 años? Los propios soportes se deterioran y dejan de funcionar.
En función de las condiciones ambientales, algunos CDs y DVDs pueden durar poco más de una década.
Es más: a los documentos digitales les ocurre lo mismo, ya sea una foto, una canción o un PDF.

Cualquiera podría ver el problema en su propia casa: ¿cómo leer un disquete en el que guardábamos información hace apenas 20 años?

Para empresas e instituciones que manejan un gran volumen de documentos todo esto es un quebradero de cabeza y esa es la gran aportación que hace el Archivo Mundial del Ártico.
“Partimos de información digital que estar en formato de libro, audio o vídeo; los clientes nos la envían y nosotros la escribimos en un film”, explica Roberto González, encargado del desarrollo del negocio en la oficina española de Piql, ubicada en Barcelona.
También admiten el soporte analógico, pero en ese caso, habría que añadir un paso más para digitalizar los datos previamente.

El sistema

Después, la clave está en grabar esos datos en la película fotosensible, lo que se hace transformando los bits en algo muy similar a los códigos QR, pequeños cuadraditos en fotogramas que posteriormente permitirán recuperar la información digital.
También se pueden almacenar directamente en un formato de texto e imágenes que sea visual para el ojo humano.

Los datos no están online –aunque es posible acceder a ellos en línea si el cliente lo solicita- así que se encuentran a salvo de los 'hackers' y en un enclave seguro desde el punto de vista geopolítico.
Además, no es necesaria electricidad para su almacenamiento y, en teoría, llegado el caso, las generaciones futuras podrían leerlos sin problemas porque son 'tecnológicamente independientes', basta una fuente de luz para ver directamente la información o recuperar el archivo digital original.

Los archivos se almacenan en grandes contenedores, como los que se utilizan en el transporte marítimo.
Uno solo puede albergar miles y miles de películas de datos y la capacidad de almacenamiento es enorme porque, de momento, únicamente se ha habilitado una pequeña parte de la antigua mina.

Un ahorro de costes a largo plazo

La empresa Piql reconoce que la inversión inicial es alta, pero a largo plazo el sistema resulta muy económico en comparación con los costes de mantenimiento y de migración de datos que exigen otros sistemas.
No obstante, evitan hablar de cifras concretas porque consideran que cada caso y cada cliente son distintos.
“En realidad, calculamos que en un plazo de siete años los costes se igualarían a los de otros soportes”, apunta Roberto González.

Oficialmente, ellos garantizan cinco siglos de mantenimiento sin gastos extra.
“Esa cifra está basada en las pruebas que hemos realizado con la película, pero es una estimación conservadora, creemos que en realidad en las condiciones de almacenamiento la película duraría hasta 2.000 años”, comenta.

Esas condiciones son 200 metros de profundidad, escasez de oxígeno y una temperatura que se mantiene constante entre los -5 y los -7 grados centígrados.
Pero, ¿realmente es tan seguro como dicen? Un incidente en su proyecto hermano, el Banco Mundial de Semillas de Svalbard, suscita algunas dudas.
Resulta que la indestructible “bóveda del Día del Juicio Final”, como la han bautizado los medios anglosajones, se ha inundado por culpa del deshielo provocado por temperaturas anormalmente altas.
“Eso fue un error de diseño de la entrada, que está cuesta abajo, nunca pensaron que pudiera haber agua y se les ha colado, pero en nuestro caso no puede suceder porque el acceso a nuestra mina es cuesta arriba”, comenta el representante español de Piql.

Desde el Vaticano al fútbol brasileño

Según Piql, además de la Fundación Felipe González y la Diputación de Barcelona, varias empresas españolas relevantes van a llevar sus archivos al Ártico, pero prefieren mantenerlo en secreto por ahora.

Varias empresas españolas relevantes van a llevar sus archivos al Ártico, pero prefieren mantenerlo en secreto por ahora

En cambio, la Biblioteca del Vaticano, el sistema sanitario de Noruega, el Archivo General de la Nación de México y la Confederación Brasileña de Fútbol no han tenido problema en anunciarlo.

Mientras tanto la empresa, que invirtió nueve años de investigaciones en desarrollar la película y el sistema en su conjunto, sigue investigando en su mejora con el apoyo de proyectos europeos, por ejemplo, acerca de la resistencia del film a radiaciones electromagnéticas.