Hace ahora cinco años, en una pecera de Osaka, un pequeño pez denominado número 1 se miró al espejo. No lo miró, se miró. A sí mismo. Vio el reflejo del cuerpo que le devolvía el cristal pulido y supo que estaba mirándose. 'Fue tan sorprendente que me caí de la silla al suelo', reconoce por email Masanori Kohda, el científico que estudiaba el comportamiento del pececillo. Porque número 1 vio que tenía una mancha marrón en la barriga, en un punto que solo puede ver gracias al espejo, y pensando que era un parásito corrió al fondo de la pecera a frotarse para quitárselo.

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Fuente: El País >> lea el artículo original