Yo, un universo de átomos, un átomo en el universo.

Richard Feynman.

La historia puede parecer en ocasiones una buena madre, pero a veces es una madrastra.
Hay muchos españoles a los que no se les ha hecho justicia y que acuden habitualmente a estas páginas y a los cuales se debe de reivindicar puesto que sus gestas han quedado huérfanas y en el desamparo.
Juan de Ortiz (mente fértil e imaginativa y mejor gestora y diplomática), Gonzalo Gómez de Espinosa (piloto de la nao Trinidad de la expedición Magallanes-Elcano), Gonzalo Guerrero (compinche de naufragio de Jerónimo de Aguilar), y un largo etc.
que nos han visitado en esta galería de personajes patrios los sábados desde hace nueve años, y por lo que me siento honrado de ser su portavoz desde el lugar donde estén.

En el caso que hoy nos trae a colación, la figura de un original tonsurado y soldado llamado Jerónimo de Aguilar, tras su naufragio en las costas de Jamaica y su trágica y extrema experiencia en el mar, pareciera cansado de tratar de llenar su vacío con cosas que no necesitaba.
Una vida minimalista, liberada de tabúes y prejuicios, alejada del mundanal ruido, se abría ante si en un paraíso más cercano y verdadero; el que puede haber en algunos lugares de la tierra donde hay paz en la naturaleza, silencio para meditar y donde la ausencia del mal es notoria, salvo en un pequeño detalle, tal que podría ser que hubiera humanos en las cercanías.

Tras el primer naufragio, varios supervivientes serían devueltos a la vida por un mar inusualmente generoso con sus víctimas

Jerónimo de Aguilar, hacia 1511, sería un cautivo privilegiado del aparente infortunio que implica dejar atrás “la civilización” con el consiguiente desasosiego para alguien que intuye que va a ser devorado inexorablemente por el tiempo y la apisonadora del olvido. A veces la fatalidad te devuelve a un punto donde creas un nuevo mundo interior menos poblado de las banales distracciones y por ende, con un ángulo de visión más nítido al estar exento de quincalla.

Tras el primer naufragio en la Isla de las Víboras, varios supervivientes – quizás una veintena-, fueron arrojados a una playa cercana a Cozumel en Yucatán, donde estos exhaustos supervivientes de un milagro más que casual, serían devueltos a la vida por un mar inusualmente generoso con sus víctimas.

A aquel desahuciado en medio de una 'Terra Incógnita”, le restaba la vaga esperanza del clavo ardiendo llamado fe, representado en una confusa nebulosa en la que un Dios todopoderoso y desmemoriado con un serio perfil amnésico, olvidaba a los seres creados a su “imagen y semejanza”; vamos, que el todopoderoso no era un elemento de confianza para el trabajo en equipo.

Mientras tanto, el náufrago, entre la insolación y la severa deshidratación sobrevenida, bebiendo agua de mar tamizada para desalinizarla en su raída camisa, mezclada esta con sus orines, zarandeado por vientos racheados y mar arbolada, rezaba en estado de trance o enajenación quien sabe, hasta la extenuación en medio de los efectos de un delirio provocado por una severísima fiebre, que no le permitía discernir si estaba en el lado de los vivos o en el otro lado de la Estigia, ya que la ilocalizable y caprichosa consciencia tiene a su vez, peculiares puertas giratorias en la cosa esta de los mundos paralelos.
Richard Feynman dixit…

Tras el naufragio de la balsa, Aguilar, Valdivia y Guerrero, durante quince días permanecieron asidos a la vida aferrados a cuatro maderos que estaban a punto de divorciarse por las malas y que machihembraban con fervor con toda la ropa a su alcance para asegurar aquella frágil estructura.
A merced de las corrientes marinas, varios de la inicialmente marinería embarcada en aquella precaria construcción de fortuna, murieron de hambre y sed y fueron arrojados al mar al término de su desgraciada aventura.
Para escapar de la locura, la melancolía y pánico inherente a la situación, Jerónimo de Saavedra se erigió en un experto pedagogo sobre temas cosmográficos y así, hablándoles de las estrellas aderezando el tema con un poco de metafísica y mayéutica-la balsa parecía una escuela de parvulitos- tenía entretenidos a los deprimidos compañeros que se aferraban a la vida en medio de los embates del mar y sus rociones.

Varios de los fugitivos que se las prometían felices tras la fuga, morirían de fiebres cuartanas pasando al otro mundo entre delirios de tercer grado

Finalmente, los antes tres mencionados y algunos pocos más que quedaban incólumes, arribaron a las costas orientales de Yucatán donde serían rápidamente capturados por unos indios mayas tardíos, a cuyo cacique le dio un repente místico y sacrificó a sus dioses al aturdido Valdivia y a unos supervivientes, poniendo a buen recaudo a los demás.

Al ver Aguilar sus barbas peligrar, conseguiría escapar ocultándose en la jungla a expensas de ser devorado por caimanes o anacondas, elementos muy prolíficos en la zona y con cedula de habitabilidad incorporada que andaban como Pedro por su casa; hasta que otro empenachado cacique le echó el guante.
Este cacique que estaba a la greña con el anterior, daría amparo relativo a los fugitivos, convirtiéndoles en esclavos.
Varios de los fugitivos que se las prometían felices tras la fuga, morirían de fiebres cuartanas pasando al otro mundo entre delirios y alucinaciones de tercer grado.
Solamente Aguilar y Gonzalo Guerrero sobrevivirían a aquella endemoniada situación.

Hacia 1519, Hernán Cortés había arribado a Cozumel con sus huestes y ya tenía noticias de que años ha, algunos españoles habían naufragado en aquellas costas, por lo que envío emisarios para ver si era posible integrarlos en la tropa recién aterrizada en aquellos pagos.
Hasta el propio gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, entre las órdenes que había dado a Cortés- que luego le haría la peineta-, figuraba la clara instrucción de localizar a estos náufragos y rescatarlos para la Corona como intérpretes.

Tras intentar localizarlos infructuosamente, tal que un cinco de marzo, y pérdidas las esperanzas de rescatar a los prisioneros, Cortés y sus gentes se hicieron a la mar para continuar su viaje, pero quiso la suerte – o la desgracia- que la nao que los transportaba hiciera agua en la obra viva lo que les obligaría a retornar a puerto.

Reparado el barco y cuando embocaban la bocana del puerto, vieron que se dirigían hacia ellos, una canoa con cuatro indígenas.
Entonces Cortés reaccionó presto, pues un pálpito le decía que ocurría algo anormal.
Ya a la altura de estribor, los españoles se percataron de la singular indumentaria de uno de los embarcados.
La odisea de Jerónimo de Aguilar, irreconocible por su aspecto, había concluido en lo que a su travesía por la nada y el olvido se refería.

Durante el relato de sus vicisitudes en tierra, Jerónimo de Aguilar explicó a su interesada audiencia que su amo el cacique maya le había autorizado para reunirse con los españoles; sin embargo, Gonzalo Guerrero, con toda seguridad el primer español que holló el continente americano, su compinche en aquel trago, había preferido quedarse con su mujer nativa e hijos y los indios que le integraron.

La primera misión de Jerónimo de Aguilar se desarrolló en lo que es hoy el estado de Tabasco y fue de traca

Aguilar hablaba el lenguaje maya fluido, lo que le llevo a concluir a Cortés, que un intérprete entre sus filas no vendría nada mal.-Jerónimo de Aguilar acompañaría al extremeño durante toda su andadura en lo que hoy es el sureste de México, siéndole junto con Marina “la Malinche , princesa primero, esclava después, y finalmente amante de Hernán Cortes, como dos piezas muy valiosas durante todo el proceso en el marco de la guerra civil ( los historiadores indigenistas tiene otras interpretaciones ) entre los mexicas por un lado, y los totonacas, txitximecas, tlascaltecas y españoles por otro.

La primera misión de Jerónimo de Aguilar se desarrolló en lo que es hoy el estado de Tabasco y fue de traca.
Mientras traducía ante los indígenas un texto para conminarlos al vasallaje, los indígenas ni cortos ni perezosos les arrearon un roción de flechas que casi forman un eclipse solar.

Días después en la decisiva batalla de Centla, Cortés arrollaría literalmente a los nativos sin contemplaciones.
Arcabuceros, ballesteros, perros de presa y caballería con un toque de artillería con postas , serían un buen argumento para negociar al día siguiente.
El 15 de marzo de 1519, las díscolas autoridades se avinieron a razones sellando un tratado de paz aderezado con innumerables regalos y una veintena de muchachas; entre ellas, estaba la controvertida y famosa Malinche, quien con el tiempo y su dominio de cuatro lenguas diferentes, se convertiría en la principal intérprete durante la conquista de México.

A la postre, quedó como soldado con mando, perro de combate propio y doble paga (los mastines de combate cotizaban como un guerrero)

Aguilar siguió haciendo de intérprete durante el recorrido de la expedición por tierras mayas en los primeros compases de la expedición.
Mas tarde, le fue concedido el título de regidos- alcalde- y de encomendero – propietario de fincas para explotación agrícola y / o ganadera-.
Hacia 1527 se vio obligado a declarar bajo juramente delante de un crucifijo y por si las moscas y el altísimo estaba rondando por ahí y con objeto de evitar las iras flamígeras del sumo hacedor, declaró contra Cortes por algunos atropellos para con los indígenas entre los que estaba la matanza de nobles provocada por Alvarado y que precedería a la Noche Triste.
Su última estación tenía la fecha de caducidad en el año del señor de 1531.

Durante el tiempo que estuvieron en territorio mexica, se hizo notorio que la Malinche, que hablaba maya y náhuatle haría una combinación perfecta con Jerónimo de Aguilar.
Un intrincado y triple sistema de traducción, funcionaba como un reloj suizo.
Mientras los mexicas hablaban a la Malinche en su lengua, ésta lo traducía al maya para Aguilar, que a su vez, lo hacía al castellano para Cortés y viceversa.
Con el paso del tiempo, la Malinche aprendió castellano y por ello, la cotización de Aguilar bajó
enteros.
A la postre, quedó como soldado con mando, perro de combate propio y doble paga (los mastines de combate cotizaban como un guerero) Finalmente, tras sus innumerables servicios a Cortés, se establecería en Technotitlan, la hermosa y espectacular capital lacustre de México, en ese momento de la historia, probablemente, una de las capitales del mundo por su esplendor y magnificencia.

La peculiar reunión de Jerónimo de Aguilar con sus compañeros de armas y su retorno a la “civilización” es todo un hito de supervivencia que no ha sido convenientemente resaltado, salvo entre historiadores.
Hoy, le damos una ventana a aquí para que se asome a ella y se reivindique del olvido al que fue sometido.