Hace tiempo que la comunidad científica nos advierte de la importancia de la preservación y conservación de la diversidad biológica.
Hemos firmado incluso acuerdos, como el Convenio sobre Diversidad Biológica (CBD) de 1992, que nos permiten tener un marco legal para protegerla internacionalmente.

Sin embargo, el ritmo de degradación ambiental y la pérdida de diversidad biológica no ha disminuido tras su ratificación.
El propio CDB reconoció en 2010 que no se había alcanzado el objetivo propuesto y que la tasa de desaparición de biodiversidad en la mayoría de los ecosistemas seguía creciendo.

La diversidad biológica y los servicios ecosistémicos

Los primeros informes del Programa de Evaluación de Ecosistemas del Milenio, auspiciado por la ONU en 2005, establecieron un marco conceptual para que fuera más fácil entender la necesidad de proteger la naturaleza en su conjunto.

Los documentos recogían los distintos servicios que nos proporcionan los ecosistemas y recalcaba su importancia para nuestro bienestar.

En ese marco veíamos claramente cómo en el servicio de aprovisionamiento (de alimento, medicinas, materias primas…), el más fácil de entender y comunicar, la diversidad biológica era central.

Quince años después celebramos el Día Internacional de la Diversidad Biológica confinados, en la mayoría de los países desarrollados, para intentar no colapsar los sistemas de salud debido a la COVID-19.

Las olas de calor marinas amenazan la biodiversidad del mediterráneo

Esta enfermedad contagiosa transmitida por un coronavirus está poniendo en peligro sociedades que se creían invencibles, completamente conectadas tecnológicamente pero también completamente desconectadas de la naturaleza.

La actual zoonosis ha puesto en evidencia esa desconexión.
Los humanos somos parte de la diversidad biológica y sobre nosotros rigen sus mismas reglas.

La pérdida de diversidad conduce a sistemas, no solo empobrecidos en términos de especies, sino también funcionalmente.
Esto puede dar lugar a ecosistemas menos resistentes y resilientes ante las perturbaciones.

Porque las interacciones ecológicas son también servicios ecosistémicos.
La pérdida de parte de esas interacciones por la desaparición de especies y la destrucción de los hábitats hace que los ecosistemas cambien sin que sepamos aún muy bien hacia dónde.

Una salud

En la situación actual podemos buscar soluciones en la diversidad biológica.
El pasado 27 de abril, algunos expertos invitados por el Panel Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), publicaron un artículo con tres estrategias clave que consideraban indispensables para enfrentar futuras pandemias.

Además de fortalecer y aplicar las leyes ambientales actuales (sí, una obviedad que hay que recordar) y financiar y dotar de recursos adecuados a los sistemas de salud (una segunda obviedad que hay que recordar y defender), también recomiendan adoptar el enfoque de una sola salud.
Esta idea reconoce las complejas interconexiones entre la salud de las personas, los animales, las plantas y nuestro entorno compartido.

Dicho enfoque, también defendido por otras instituciones y organismos internacionales, es especialmente relevante en el día que celebramos hoy.
Permitirá plantear intervenciones, políticas y estrategias que consideren a la salud individual y comunitaria en interconexión con todo lo que nos rodea.

Ya conocemos algunos de los efectos y los impactos que las actividades humanas causan sobre la salud (por ejemplo, la contaminación atmosférica) y también sobre los ecosistemas.
Pero estos días hemos sido conscientes, además, de cómo la desaparición de los hábitats y de la diversidad biológica nos hacen más vulnerable a zoonosis.

Felicia Keesing y colaboradores expusieron en un estudio de 2010 que la preservación de los ecosistemas y de su biodiversidad endémica pueden reducir la prevalencia de enfermedades infecciosas.

El trabajo recoge el conocimiento ecológico sobre las interacciones de tipo parásito-hospedador, cómo funciona los mecanismos de dilución y de amortiguamiento.
Y concluye que la pérdida de diversidad biológica tiende a aumentar la transmisión de patógenos y la incidencia de enfermedades.
Pone así en evidencia otro de los servicios ecosistémicos que nos proporciona la diversidad biológica y que nos ha costando reconocer.

Proteger la diversidad, invertir en salud

El gasto económico asociado a la protección ambiental siempre se ha esgrimido como una excusa para mantener el modelo productivo actual (business as usual).
Sin embargo, el coste económico de las zoonosis crece cada vez más, así como su extensión geográfica.

En 2017 se estimó que la gripe aviar iniciada en el 2005 tuvo una coste aproximado de unos 30 000 millones de dólares (considerando la interrupción del comercio y de las cadenas de suministro, el turismo y la asistencia a eventos públicos).
El de la pandemia de virus H1N1 (gripe porcina), desarrollada entre 2008 y 2011, ascendía a alrededor de 55 000 millones de dólares.

Aún no sabemos el coste que tendrá la actual pandemia provocada por SARS-CoV-2, pero ya sabemos que la inacción es mucho más cara que la acción.
Por eso el Programa de Naciones Unidas para la Protección del Medio Ambiente (PNUMA) ha indicado que la enfermedad ha puesto de manifiesto que nuestras economías tiene muchas vulnerabilidades y que una manera de reducirlas es invertir en la naturaleza para mejorar la salud humana.

El ser humano se extinguirá si sigue aniquilando la biodiversidad

Para promover, mejorar y defender la salud y bienestar de todas las especies (incluida la humana) es necesario mejorar la cooperación y colaboración entre profesionales sanitarios, veterinarios y profesionales del medioambiente.
Es decir, necesitamos una visión holística que contribuya a la promoción de la salud en el sentido más amplio.

La inversión en la conservación y protección de la diversidad biológica ya se entiende como una inversión en salud.
La puesta en marcha de estrategias multidisciplinares dentro del marco conceptual de una sola salud, también.

Una interconexión significa relaciones y dependencias, con ciclos que se retroalimentan y que tienen consecuencias tanto positivas como negativas en ambos sentidos.

De esta manera debemos entender que la salud humana y la ambiental son las dos caras de una misma moneda.
La diversidad biológica es la red que las integra y protege.
Cuanto menos nodos y nexos tenga esa red, cuanto menos tupida sea, menos protección nos ofrece y más fácil es la caída al vacío.

Este enfoque perpetúa, en parte, el antropocentrismo del marco conceptual de los servicios ecosistémicos.
Pero, quizás, también nos permita generar una mayor conciencia de comunidad planetaria.The Conversation

María Gema Parra Anguita, Investigadora en el Departamento de Biología Animal, Biología Vegetal y Ecología., Universidad de Jaén

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.
Lea el original.